miércoles, 14 de mayo de 2008

Superamante de las dos ruedas

Javier Nungaray Flores - Reparador de bicicletas


Maneja una vieja Britt japonesa, de dama, porque “son las más cómodas para la espalda”. Tiene cuatro hijos y media vida dedicada a las bicis. Su taller es el Cosmic Bike, en Santa Tere.

Foto: Luz Vázquez



14-Mayo-08



Una banderilla a cuadros blancos y negros suspendida en el aire enlaza los dos lados de la diagonal Manuel Cambre. Como los que anuncian la victoria de una competencia de motos, esos señalan el local 11-12 de la calle. Completamente abierto, el taller Cosmic Bike, pintado de rojo, da al asfalto. Delante de la banqueta, en los estacionamientos normalmente dedicados a los carros, el Bicycle Repair Tool Centre se extiende en un cementerio de bicicletas. Lejos de ser condenadas al yonque, los esqueletos de bicicletas esperan su turno para vivir de nuevo.

Javier Nungaray, el Bala, es el gerente de Cosmic Bike desde 1995. Pelo negro y corto, estilo relajado, su manera de ser es reveladora de su personalidad. Playera y calzados a juego, Javier anuncia el color en su pecho. “Hoy sí circula” lleva por nota el pictograma de velocípedo dibujado en su camisa roja. De índole sencilla y atildada, sus manos oscurecidas por la grasa denotan su identidad de bicicletero.

Con sus hermanos mantiene dos restaurantes de sushi, uno en Providencia y otro vecino a su taller, en el mercado Jesús García de Santa Tere. En casa tiene cuatro pequeños, el más grande de 10 años y la más chica de dos meses.

“Inicié en las bicis desde hace ya media vida de lo que tengo”, anuncia Javier con la experiencia de sus 32 años. Antes chambeaba con su padre, pintor de casa. Estudió hasta la secundaria. A los 16 años ya arreglaba solo su bicicleta. Aprendió a repararlas en Zapopan Romero y Compañía, durante una temporada navideña. Luego, trabajó en otro local y después entró a trabajar como mecánico con dos de sus cuñados que tienen su refaccionaria desde mucho tiempo. De allí creció el sueño de tener su propio taller.

Fue soñando también en una bicicleta fuera de lo común. Una bicicleta aplastada, apachurrada, toda chueca. La construyó: a veces la usa durante los paseos de los miércoles, con sus amigos de GDL en Bici.

Traficar bicicletas, no lo puede remediar. En su taller, bajo las llantas colgadas en el techo, se destaca la que está torneando. Esta llanta va a llevar al final 144 rayos en un diámetro de 20 pulgadas. De ordinario, los agujeros vienen a 72 en el aro y 72 en la masa. Javier añade 72 más en masa y 72 más en el rin. Le da un cuerpo hasta cuatro veces más fuerte y se ve más bonito, explica. Son trabajos que manda a toda la república.

Además de los trabajos técnicos, lo que más apasiona a Javier son las bicis antiguas. Tuvo ejemplares de los años cincuenta. En una Britt japonesa recorre diario entre diez y quince kilómetros por la ciudad. La Britt tiene como 27 años y su pintura está perfecta, uno de los máximos valores para considerarla de colección, “como los autos antiguos”, presume. Esta Britt es para dama como todas las bicis antiguas que compra para ciudad. “Son las más cómodas para la espalda, para tus brazos por el tipo de manillar, el tipo de sillón y, aparte, la mía tiene un parador que es un caballete trasero como en las motos”.

Resulta difícil imaginar el destino de este “superamante” de las dos ruedas lejos de las bicis… ¿Bombero, como soñaba de chiquillo? No: cuando no pincha bicis, Javier pincha discos. De no ser bicicletero, se dedicaría a 100 por ciento a la música.

Guadalajara•Coralie Le Clec’h