martes, 1 de julio de 2008

El canal de Sáinz; séptima maravilla

El canal de Sáinz, antes López Mateos, existe gracias la tenacidad de una persona, de ahí que un grupo de ciudadanos prepare ya la iniciativa para solicitar a los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan el cambio definitivo de nombre para esta arteria de la ciudad. Es cierto que así como no hay Cristóbal Colón sin reyes católicos, tampoco hay Claudio Sáinz sin rey Opaco. Pero no hay duda de que el mérito es de quien hace la obra, nunca del mecenas, por eso la glorieta lleva el nombre de Colón y el canal merece el de Sáinz.

No es fácil, ni barato, hacer de una avenida un canal. Son años de lucha, meses de presupuesto y, sobre todo, tenacidad para lograrlo. Nunca faltan los incrédulos que sostienen las ideas antiguas, los que piensan que la Tierra es plana o, peor, que una calle no puede ser navegable. Quienes acusan a Sáinz y a Ramírez Acuña de no haber hecho nada para desincentivar el uso del automóvil, se equivocan: nadie hizo tan tortuoso andar en auto en esta ciudad como el dúo dinámico Batipaco y el joven Clau (otra cosa es que no existan alternativas al uso del automóvil, pero tampoco quieran todo de golpe).

En el fondo es un problema de falta de imaginación y de información. El colector López Mateos o canal de Sáinz es navegable todo el año. En épocas de estiaje, con pura agua de drenaje, funciona al 70 por ciento de su capacidad. En tiempo de aguas es un río rápido que puede dar servicios turísticos de raffting. Torpes y testarudos como somos, los tapatíos, teníamos enterrado este tesoro turístico. Haber invertido en colectores, lo que significaría enterrar el dinero sin recuperarlo en captación de votos, habría cancelado para siempre esta posibilidad de desarrollo turístico.

Hoy hemos descubierto este nuevo atractivo de la perla que es, desde ya, una de las siete maravillas de la obra pública tapatía, junto con la Plaza Tapatía y su estacionamiento subterráneo, en el que llueve más que a la intemperie; la salida de Lázaro Cárdenas a la carretera a Chapala (si hubieran querido hacer un embudo no lo habrían hecho mejor); el auditorio Benito Juárez, que se cayó a los pocos años de ser inaugurado; el sifón de la calzada Independencia, que tantos olores y dolores ha causado; los Arcos del Milenio, interminables como el milenio mismo; el edificio administrativo de la UdeG, una obra cara, fea, malhecha y, sobre todo, criminal, pues para hacerla se destruyó un edificio histórico.